<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Letrasenredadas.com &#187; Pedro de Miguel</title>
	<atom:link href="http://www.letrasenredadas.com/tag/pedro-de-miguel/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://www.letrasenredadas.com</link>
	<description>Humor para bajar los humos · Por decirlo en palíndromos, para “asirnos a la sonrisa” · Así, redada de risa.</description>
	<lastBuildDate>Fri, 18 Dec 2009 20:48:23 +0000</lastBuildDate>
	<generator>http://wordpress.org/?v=2.8.6</generator>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
			<item>
		<title>La broma infinita de Peter</title>
		<link>http://www.letrasenredadas.com/2009/08/19/una-teoria-de-la-critica-literaria-la-broma-infinita-de-peter/</link>
		<comments>http://www.letrasenredadas.com/2009/08/19/una-teoria-de-la-critica-literaria-la-broma-infinita-de-peter/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 18 Aug 2009 22:34:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ángel Peña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Vivencias]]></category>
		<category><![CDATA[libros]]></category>
		<category><![CDATA[París]]></category>
		<category><![CDATA[Pedro de Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.letrasenredadas.com/?p=645</guid>
		<description><![CDATA[Pedro de Miguel me enseñó a hacer reseñas de libros. Probablemente, el género ¿periodístico? que más satisfacciones me ha proporcionado en mi no siempre satisfactoria carrera. Con mucha diferencia.
Y Peter sigue estando, de alguna manera -constante, inconsciente, mágica…-, en el placer de sentirme “dentro” de un libro, superada la barrera de la pereza, el miedo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.letrasenredadas.com/pedro-de-miguel/" target="_blank">Pedro de Miguel </a>me enseñó a hacer <strong>reseñas de libros</strong>. Probablemente, el género ¿periodístico? que más satisfacciones me ha proporcionado en mi no siempre satisfactoria carrera. Con mucha diferencia.</p>
<p>Y Peter sigue estando, de alguna manera -constante, inconsciente, mágica…-, en el placer de sentirme “dentro” de un libro, superada la barrera de la pereza, el miedo y los prejuicios (valgan las redundancias)… Y que encima te paguen por ello. No mucho. Peter, por ejemplo, no era rico. Ni falta que le hacía. <strong>Sus eternos jerseys lisos </strong>no parecían muy caros, y de vez en cuando engañaba a algún capitalista motorizado para que lo llevara a buscar setas.</p>
<p>Sin embargo, un día decidió viajar a una de esas ciudades a las que viajan los ricos de los libros: París. Y me llevó con él. En un <strong>alarde de sofisticación</strong>, la revista <a href="http://www.unav.es/nt/" target="_blank">Nuestro Tiempo </a>iba a cubrir las <a href="http://212.77.1.247/holy_father/john_paul_ii/travels/sub_index/trav_paris-1997_sp.htm" target="_blank">Jornadas Mundiales de la Juventud </a>con Juan Pablo II.</p>
<p>Era el verano de 1997. Peter y yo no éramos ya muy jóvenes. Yo había cumplido los 25 y aún no había iniciado este decrecimiento mío, a lo <a href="http://www.benjaminbutton.com/" target="_blank">Benjamin Button</a>, que me ha devuelto a la adolescencia; pero esa es otra (lamentable) historia. Peter tenía el pelo <strong>blanco, blanco, blanco</strong>. Desde siempre, según la leyenda. Y los alumnos de la <a href="http://www.unav.es" target="_blank">Universidad de Navarra </a>que no le habían escuchado aquella risa suya palindrómica –que, efectivamente, te asía para no soltarte ya nunca más- creían que era un señor muy serio.</p>
<p>Pero, pese a los años, ambos teníamos una cuenta pendiente con París. Para mí París también era un mito. Y un reto: tras toda una vida mirando el mapamundi entre suspiros, llegaba el momento de conocer, al fin, uno de las grandes dianas de <strong>los alfileres de la Historia</strong>, la literatura y (como sabría después) la pamplina. Para Peter suponía algo más. Su generación aprendía francés como la mía (se supone que) inglés. Y los escritores iban a París y traían la cultura. La Cultura. Lo de los niños no estaba documentado, pero la literatura no podía mentir. Que diría <strong>Vila-Matas</strong>.</p>
<p>No viajamos en avión. La frugalidad presupuestaria de la revista (una noche dormimos en un centro de peregrinos, otra desfallecimos en la explanada de las Jornadas…) me permitió descubrir las ventajas de viajar en tren. Después, el recuerdo de Peter se me colaría en la lectura de una novela de Antonio Orejudo con ese título. Peter compañero de <strong>traqueteo y raíles y destino París</strong>, en el asiento de al lado, con un libro en las manos. <strong>Leía a sorbos. </strong>Un rato de concentración; otro rato con el libro cerrado y el rostro pétreo (con perdón) y socrático y etc.</p>
<p>Yo había decidido aprovechar el viaje para, entre otras cosas, absorber toda la sabiduría que manara de mi maestro. Le pregunté si leía así para reflexionar a fondo sobre cada pasaje.<strong> “No, es que me canso”.</strong> Vaya. O sea, que yo no era el único que se cansaba de la gran literatura. Incluso Peter, el Lector… O sea, que <strong>el truco, a lo mejor, es tener paciencia</strong>… Y la sonrisa traviesa de Peter, eterno niño grande.<br />
Más tarde, tuve el honor de devolverle la iluminación con un deslumbrante descubrimiento filológico (recuérdese que estábamos expuestos a las irradiaciones de la luminosa Ciudad de la Luz…) En algún momento del viaje, quise aportar mi granito de sofisticación en una de aquellas conversaciones surrealistas tan del gusto de Peter. Supongo que acababa de leer en algún sitio la cultísima palabra “perorata” y había encontrado un resquicio para introducirla. Pero la frase en cuestión no me pedía un sustantivo. Sin mayor problema, conjugué el verbo “perorotar” con toda soltura.</p>
<p>La peculiaridad de Peter convirtió un mero error gramatical en <strong>el himno de nuestro viaje a París</strong>, plagado de gente que no paraba de <strong>perorotar y venga a perorotar</strong>. La ciudad, por cierto, devino en la desilusión que, más tarde, aprendí a intuir como inevitable (sólo últimamente, con la reinvención de la adolescencia, intento&#8230; pero ésa también es otra historia). Hacía un calor insoportable; <a href="http://www.notredamedeparis.fr/-English-" target="_blank">Notre Dame</a> parecía más pequeño que en los libros, sin sombra de jorobado; no vimos ni un poeta bebiendo absenta…<br />
Pero hoy recuerdo aquel viaje y se me antoja más valioso que ninguno de los muchos que mi carrera (no siempre satisfactoria) me ha permitido hacer. Y cuando me dispuse a buscar escenas concretas para escribir estas líneas, descubrí en el centro del viaje (de MI viaje) la risa con la que Peter celebró mi peroratoración, que quedaría ya para siempre en uno de los lugares de honor de nuestra complicidad. <strong>Celebración</strong>. Ésa es (creo) la palabra perfecta para definir la risa de Peter ante mi invención del lenguaje. Como cuando el <a href="http://www.unav.es/fcom/profesores/barrera.htm" target="_blank">profesor Barrera </a>le mostraba su último palíndromo o descubríamos alguna errata memorable en las pruebas de Nuestro Tiempo. No era una burla. <strong>Imposible enfadarse con Peter</strong>, el bochorno pasaba pronto, cuando su risa nos asía (con perdón) y todo (incluso un París decepcionante) era una fiesta. A lo mejor es a eso a lo que se refería Heidegger con lo de “<strong>el lenguaje es donde mora el ser”</strong>. O no. No sé, no me llega para tanto. A lo mejor estoy perorotando. Tengo que leer algo al respecto (y a otros respectos). Para enterarme y/o reírme un poco.</p>
<p>Ah, y a París, la de verdad, que le sigan dando. Porque <strong>a mí siempre me quedará París</strong>.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.letrasenredadas.com/2009/08/19/una-teoria-de-la-critica-literaria-la-broma-infinita-de-peter/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>5</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Soledad</title>
		<link>http://www.letrasenredadas.com/2009/08/01/soledad/</link>
		<comments>http://www.letrasenredadas.com/2009/08/01/soledad/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 01 Aug 2009 16:47:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Leandro Pérez Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Rescates de Peter]]></category>
		<category><![CDATA[Pedro de Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.letrasenredadas.com/?p=222</guid>
		<description><![CDATA[El relato más célebre de Pedro de Miguel. "Apareció en una revista, de ahí saltó a dos antologías de microcuentos, a otra en alemán, y a la Red. ¡Ah, la Red!"]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>El relato más célebre de Pedro de Miguel. En febrero de 2007 lo mencionó en una entrada de su blog (&#8221;Apareció en una revista, de ahí saltó a dos antologías de microcuentos, a otra en alemán, y a la Red. ¡Ah, la Red!&#8221;) y acabó incluyéndolo en un comentario (el </em><a title="Soledad" href="http://www.bestiario.com/letras/d.php?id=401" target="_blank"><em>décimo</em></a><em>). </em></p>
<p>Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.</p>
<p>No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.letrasenredadas.com/2009/08/01/soledad/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El microrrelato: ese arte pigmeo</title>
		<link>http://www.letrasenredadas.com/2009/08/01/el-microrrelato-ese-arte-pigmeo/</link>
		<comments>http://www.letrasenredadas.com/2009/08/01/el-microrrelato-ese-arte-pigmeo/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 01 Aug 2009 16:37:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Leandro Pérez Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Rescates de Peter]]></category>
		<category><![CDATA[Pedro de Miguel]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.letrasenredadas.com/?p=214</guid>
		<description><![CDATA[Este artículo de Pedro de Miguel fue publicado en elmundo.es en abril de 2001, cuando el periódico organizó su primer concurso de microrrelatos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Este artículo de Pedro de Miguel fue<a title="El microrrelato: ese arte pigmeo" href="http://www.elmundo.es/especiales/2001/04/cultura/umbral/pigmeo.html" target="_blank"> publicado en elmundo.es</a> en abril de 2001, cuando el periódico organizó su primer concurso de microrrelatos.</em></p>
<p>Microcuento, minicuento, cuento minúsculo, cuento en miniatura, incluso cuentículo&#8230; Existen demasiadas denominaciones para dar cuerpo al cuento brevísimo, entre las que parece imponerse la de &#8220;microrrelato&#8221;.</p>
<p>Un fenómeno en absoluto nuevo en la literatura, que sin embargo parece ponerse de moda en el último medio siglo, de la mano de insignes cultivadores de la ficción hispanoamericana como Borges, Cortázar, García Márquez, Arreola,Denevi y Monterroso. Porque, aunque el microrrelato no es ajeno a todas las literaturas contemporáneas -basta recordar la extraña belleza de los cuentos breves de Kafka o el impagable humor de los de Slawomir Mrozek-, parece haber irrumpido con mayor fuerza al otro lado del Atlántico, donde también se ha intentado dotarlo de base teórica y distinguirlo de especies afines. No faltan en nuestro país brillantes cultivadores del microrrelato, como Luis Mateo Díez, Max Aub o Antonio Pereira, y es raro el escritor que no haya perpretado uno alguna vez.</p>
<p>El microrrelato hunde sus raíces, como toda literatura, en la tradición oral, en forma de fábulas y apólogos, y va tomando cuerpo en la Edad Media a través de la literatura didáctica, que se sirve de leyendas, adivinanzas y parábolas. Algunos han visto el microrrelato como la versión en prosa del haiku oriental y otros lo han hecho derivar de la literatura lapidaria.</p>
<p>Pero es en la época moderna, al nacer el cuento como género literario, cuando el microrrelato sepopulariza en la literatura en español gracias a la concurrencia de dos fenómenos de distinta índole: la explosión de las vanguardias con su renovación expresiva y la proliferación de revistas que exigían textos breves ilustrados para llenar sus páginas culturales. Algunas de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna son verdaderos cuentos de apenas una línea, y también Rubén Darío y Vicente Huidobropublicaron minicuentos desde diversas estéticas. Junto a estos autores, la crítica señala también al mexicano Julio Torri y al argentino Leopoldo Lugones como decisivos precursores del actual microrrelato.</p>
<p>En la segunda mitad del siglo XX el microrrelato llega a su madurez. Ya no se trata de un ejercicio de estilo, de una pirueta de agudeza o de un retazo más o menos misterioso de prosa poética. El microrrelato se presenta como una auténtica propuesta literaria, como el género idóneo para definir, parodiar o volver del revés la rapidez de los nuevos tiempos y la estética posmoderna. Algo que tiene que ver con Italo Calvino y sus &#8220;Seis propuestas para el próximo milenio&#8221;, con sus &#8220;hibridaciones multiculturales&#8221;, como ha señalado Enrique Yepes, uno de los estudiosos de este arte pigmeo. El cuento brevísimo es la arena ideal donde se bate la moda de la destrucción de los géneros, hasta el punto de que resulte imposible -e inútil- tratar de definirlo, distinguirlo o envolverlo de legalidad.</p>
<p>Proliferan así estos &#8220;cuentos concentrados al máximo, bellos como teoremas&#8221; -según expresión del argentino David Lagmanovich- que, con su despojamiento, ponen a prueba &#8220;nuestras maneras rutinarias de leer&#8221;. Para diferenciarlos de los aforismos, las frases lapidarias o los miniensayos, deben cumplir los principios básicos de la narratividad, aunque de una forma extravagantemente concentrada. Son, casi siempre, ejercicios de reescritura, o minúsculo laboratorio de experimentación del lenguaje, o ambiciosa pretensión de encerrar en unas líneas una visión trascendente del mundo.</p>
<p>Pero queda una sospecha: ¿no habrá en todo esto un poco de pereza? Con su humor de siempre, Augusto Monterroso parece sembrar la duda cuando escribe: &#8220;Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se  amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto&#8221;.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.letrasenredadas.com/2009/08/01/el-microrrelato-ese-arte-pigmeo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>
