El pájaro que se comió el final de una historia
Enviado el 21 de Agosto por admin en Rescates de Peter
Una hora después de haberse levantado (detrás, el sueño abandonado como un cadáver o una herida olvidada) sabía ya que había vuelto aquello. No una intuición ni un presentimiento; tampoco el deseo de que volviera: la evidencia, el verse instalado otra vez frente al papel, con aquel furor antiguo del tiempo de los fenicios, para escribir frenéticamente solo y todo. Aquello: las ansias, las palabras agolpándose en su cabeza luchando por salir, empujándose unas a otras y ordenando primero al brazo y luego a la mano derecha que tomaran la posición correcta para que pudieran plasmarse frases sobre el cuaderno, en el orden requerido, comenzando por el final y remontándose lentamente a los comienzos, como bajando un río del revés o atravesando un mar antípoda.
Las señales fueron éstas: estaba afeitándose sin acertar todavía a verse con claridad en el espejo, los ojos esforzándose por alcanzar el tamaño habitual, la memoria desperezándose y avanzando sobre los minutos del nuevo día como por entre los vegetales enmarañados de una selva dificilísimamente verde. A su espalda, de pronto, cayó al suelo la toalla, produciendo el mismo sonido de un gran pájaro al desplomarse. La primera señal: algo había cambiado: incluso en aquellas circunstancias de inferioridad intelectual captó perfectamente el mensaje del movimiento y de la caída y del espectáculo de aquel sonido que nunca había escuchado. Y antes de que se cumpliera una hora desde que abandonara la cama llegó la segunda: una señal quizá más leve, pero igualmente rotunda: el cigarrillo negro le supo dulce, y ya no tuvo ninguna vacilación. Había que escribir y se iba a decidir a hacerlo. Aquello, tras dos largos meses de desierto y sequedad, se había instalado de nuevo en ese lugar misterioso entre su cerebro y su corazón, un poco a la izquierda.
Antes de comenzar, como un suspiro, recordó los versos de Eliot, ingleses y enigmáticos:
¿Me atrevo?
¿Me atrevo a comerme un melocotón?
y enseguida se vio inundado de mar, de un mar que contempló por primera vez a los dos años, y luego a los tres, y más tarde a los seis. Y escribió:
se había levantado como casi todos los días, sin pensar en nada, absolutamente él, acabado, sin fisuras. Afeitándose, sintió a sus espaldas cómo un gran pájaro negro caía desvanecido, golpeándose contra el suelo, sin esperanza y sin dolor. Después, ya vestido, ya despierto, el primer cigarrillo le supo como un dulce, y no quiso saber más. Eran las señales que había esperado durante meses para adentrarse en el mar. Recorrió con rapidez los doscientos metros que le separaban de la playa, con esa determinación de las mujeres que van a buscar agua a la fuente en medio de un diluvio. Se detuvo al borde del mar, sin mirarlo todavía, sopesando si sus rodillas serían lo suficientemente impermeables ante la inundación que sufrirían. Despacio, dando un primer paso de ballet, se introdujo en el océano. El agua se concentró contra su ombligo y él hizo un esfuerzo para no caer. Al continuar, al desaparecer su cabeza de la superficie, comprendió que ya no podía volver atrás, a por el pájaro negro caído en las baldosas, a por el humo dulce que le había conducido a aquel estado de entusiasmo. Entonces recordó: ¿me atrevo? ¿me atrevo a molestar al universo?
Se atrevió. A desandar lo andado, volviendo a su habitación, para contemplar de cerca la toalla desmayada, totalmente blanca, como un gran pájaro negro hecho de agua salada. Pensó en el final de lo que debía haber escrito, pero ya no le interesó, no le interesaba: aquello había vuelto a huir, había cometido el mismo error de entonces, y tendría que volver a descuartizar el cuaderno, rasgando aquellas páginas de papel pautado. Porque había olvidado lo importante: al escribir, debía desaparecer él mismo por completo, dejando a aquel lugar entre el cerebro y el corazón moverse a su antojo. Y él, sin embargo, se había introducido en el relato como dentro del mar, cortando la respiración, traicionando a la literatura, molestando al horizonte con su pequeño desasosiego. El mar de la escritura no soportaba los barcos y él se había instalado en él a bordo de un portaaviones lleno de voces y de manchas de petróleo.
NOTA: La ilustración es de J. Muchas gracias a Pedro Ugarte por enviarnos este relato de Peter, publicado originalmente en la revista LITERATURA, NÚMERO 11. Editada por La Primitiva Casa Baroja. En San Sebastián, en junio de 1990.

Últimos Comentarios