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	<title>Letrasenredadas.com &#187; Rescates de Peter</title>
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	<description>Humor para bajar los humos · Por decirlo en palíndromos, para “asirnos a la sonrisa” · Así, redada de risa.</description>
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		<title>El pájaro que se comió el final de una historia</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Aug 2009 15:34:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Rescates de Peter]]></category>
		<category><![CDATA[pájaro]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Una hora después de haberse levantado (detrás, el sueño abandonado como un cadáver o una herida olvidada) sabía ya que había vuelto aquello. No una intuición ni un presentimiento; tampoco el deseo de que volviera: la evidencia, el verse instalado otra vez frente al papel, con aquel furor antiguo del tiempo de los fenicios, para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una hora después de haberse levantado (detrás, el sueño abandonado como un cadáver o una herida olvidada) sabía ya que había vuelto aquello. No una intuición ni un presentimiento; tampoco el deseo de que volviera: la evidencia, el verse instalado otra vez frente al papel, con aquel furor antiguo del tiempo de los fenicios, para escribir frenéticamente solo y todo. Aquello: las ansias, las palabras agolpándose en su cabeza luchando por salir, empujándose unas a otras y ordenando primero al brazo y luego a la mano derecha que tomaran la posición correcta para que pudieran plasmarse frases sobre el cuaderno, en el orden requerido, comenzando por el final y remontándose lentamente a los comienzos, como bajando un río del revés o atravesando un mar antípoda.</p>
<p>Las señales fueron éstas: estaba afeitándose sin acertar todavía a verse con claridad en el espejo, los ojos esforzándose por alcanzar el tamaño habitual, la memoria desperezándose y avanzando sobre los minutos del nuevo día como por entre los vegetales enmarañados de una selva dificilísimamente verde. A su espalda, de pronto, cayó al suelo la toalla, produciendo el mismo sonido de un gran pájaro al desplomarse. La primera señal: algo había cambiado: incluso en aquellas circunstancias de inferioridad intelectual captó perfectamente el mensaje del movimiento y de la caída y del espectáculo de aquel sonido que nunca había escuchado. Y antes de que se cumpliera una hora desde que abandonara la cama llegó la segunda: una señal quizá más leve, pero igualmente rotunda: el cigarrillo negro le supo dulce, y ya no tuvo ninguna vacilación. Había que escribir y se iba a decidir a hacerlo. Aquello, tras dos largos meses de desierto y sequedad, se había instalado de nuevo en ese lugar misterioso entre su cerebro y su corazón, un poco a la izquierda.</p>
<p>Antes de comenzar, como un suspiro, recordó los versos de Eliot, ingleses y enigmáticos:</p>
<p><em>¿Me atrevo?<br />
</em></p>
<p><em>¿Me atrevo a comerme un melocotón?</em></p>
<p>y enseguida se vio inundado de mar, de un mar que contempló por primera vez a los dos años, y luego a los tres, y más tarde a los seis. Y escribió:</p>
<p><em>se había levantado como casi todos los días, sin pensar en nada, absolutamente él, acabado, sin fisuras. Afeitándose, sintió a sus espaldas cómo un gran pájaro negro caía desvanecido, golpeándose contra el suelo, sin esperanza y sin dolor. Después, ya vestido, ya despierto, el primer cigarrillo le supo como un dulce, y no quiso saber más. Eran las señales que había esperado durante meses para adentrarse en el mar. Recorrió con rapidez los doscientos metros que le separaban de la playa, con esa determinación de las mujeres que van a buscar agua a la fuente en medio de un diluvio. Se detuvo al borde del mar, sin mirarlo todavía, sopesando si sus rodillas serían lo suficientemente impermeables ante la inundación que sufrirían. Despacio, dando un primer paso de ballet, se introdujo en el océano. El agua se concentró contra su ombligo y él hizo un esfuerzo para no caer. Al continuar, al desaparecer su cabeza de la superficie, comprendió que ya no podía volver atrás, a por el pájaro negro caído en las baldosas, a por el humo dulce que le había conducido a aquel estado de entusiasmo. Entonces recordó: </em><em>¿me atrevo? ¿me atrevo a molestar al universo?</em></p>
<p>Se atrevió. A desandar lo andado, volviendo a su habitación, para contemplar de cerca la toalla desmayada, totalmente blanca, como un gran pájaro negro hecho de agua salada. Pensó en el final de lo que debía haber escrito, pero ya no le interesó, no le interesaba: aquello había vuelto a huir, había cometido el mismo error de entonces, y tendría que volver a descuartizar el cuaderno, rasgando aquellas páginas de papel pautado. Porque había olvidado lo importante: al escribir, debía desaparecer él mismo por completo, dejando a aquel lugar entre el cerebro y el corazón moverse a su antojo. Y él, sin embargo, se había introducido en el relato como dentro del mar, cortando la respiración, traicionando a la literatura, molestando al horizonte con su pequeño desasosiego. El mar de la escritura no soportaba los barcos y él se había instalado en él a bordo de un portaaviones lleno de voces y de manchas de petróleo.</p>
<p><em>NOTA: La ilustración es de <a href="http://www.javimunoz.com" target="_blank">J</a>. Muchas gracias a Pedro Ugarte por enviarnos este relato de Peter, publicado originalmente en la revista LITERATURA, NÚMERO 11. Editada por La Primitiva Casa Baroja. En San Sebastián, en junio de 1990.</em></p>
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		<title>Soledad</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Aug 2009 16:47:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Leandro Pérez Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Rescates de Peter]]></category>
		<category><![CDATA[Pedro de Miguel]]></category>

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		<description><![CDATA[El relato más célebre de Pedro de Miguel. "Apareció en una revista, de ahí saltó a dos antologías de microcuentos, a otra en alemán, y a la Red. ¡Ah, la Red!"]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>El relato más célebre de Pedro de Miguel. En febrero de 2007 lo mencionó en una entrada de su blog (&#8221;Apareció en una revista, de ahí saltó a dos antologías de microcuentos, a otra en alemán, y a la Red. ¡Ah, la Red!&#8221;) y acabó incluyéndolo en un comentario (el </em><a title="Soledad" href="http://www.bestiario.com/letras/d.php?id=401" target="_blank"><em>décimo</em></a><em>). </em></p>
<p>Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.</p>
<p>No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad.</p>
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		<title>El microrrelato: ese arte pigmeo</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Aug 2009 16:37:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Leandro Pérez Miguel</dc:creator>
				<category><![CDATA[Rescates de Peter]]></category>
		<category><![CDATA[Pedro de Miguel]]></category>

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		<description><![CDATA[Este artículo de Pedro de Miguel fue publicado en elmundo.es en abril de 2001, cuando el periódico organizó su primer concurso de microrrelatos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Este artículo de Pedro de Miguel fue<a title="El microrrelato: ese arte pigmeo" href="http://www.elmundo.es/especiales/2001/04/cultura/umbral/pigmeo.html" target="_blank"> publicado en elmundo.es</a> en abril de 2001, cuando el periódico organizó su primer concurso de microrrelatos.</em></p>
<p>Microcuento, minicuento, cuento minúsculo, cuento en miniatura, incluso cuentículo&#8230; Existen demasiadas denominaciones para dar cuerpo al cuento brevísimo, entre las que parece imponerse la de &#8220;microrrelato&#8221;.</p>
<p>Un fenómeno en absoluto nuevo en la literatura, que sin embargo parece ponerse de moda en el último medio siglo, de la mano de insignes cultivadores de la ficción hispanoamericana como Borges, Cortázar, García Márquez, Arreola,Denevi y Monterroso. Porque, aunque el microrrelato no es ajeno a todas las literaturas contemporáneas -basta recordar la extraña belleza de los cuentos breves de Kafka o el impagable humor de los de Slawomir Mrozek-, parece haber irrumpido con mayor fuerza al otro lado del Atlántico, donde también se ha intentado dotarlo de base teórica y distinguirlo de especies afines. No faltan en nuestro país brillantes cultivadores del microrrelato, como Luis Mateo Díez, Max Aub o Antonio Pereira, y es raro el escritor que no haya perpretado uno alguna vez.</p>
<p>El microrrelato hunde sus raíces, como toda literatura, en la tradición oral, en forma de fábulas y apólogos, y va tomando cuerpo en la Edad Media a través de la literatura didáctica, que se sirve de leyendas, adivinanzas y parábolas. Algunos han visto el microrrelato como la versión en prosa del haiku oriental y otros lo han hecho derivar de la literatura lapidaria.</p>
<p>Pero es en la época moderna, al nacer el cuento como género literario, cuando el microrrelato sepopulariza en la literatura en español gracias a la concurrencia de dos fenómenos de distinta índole: la explosión de las vanguardias con su renovación expresiva y la proliferación de revistas que exigían textos breves ilustrados para llenar sus páginas culturales. Algunas de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna son verdaderos cuentos de apenas una línea, y también Rubén Darío y Vicente Huidobropublicaron minicuentos desde diversas estéticas. Junto a estos autores, la crítica señala también al mexicano Julio Torri y al argentino Leopoldo Lugones como decisivos precursores del actual microrrelato.</p>
<p>En la segunda mitad del siglo XX el microrrelato llega a su madurez. Ya no se trata de un ejercicio de estilo, de una pirueta de agudeza o de un retazo más o menos misterioso de prosa poética. El microrrelato se presenta como una auténtica propuesta literaria, como el género idóneo para definir, parodiar o volver del revés la rapidez de los nuevos tiempos y la estética posmoderna. Algo que tiene que ver con Italo Calvino y sus &#8220;Seis propuestas para el próximo milenio&#8221;, con sus &#8220;hibridaciones multiculturales&#8221;, como ha señalado Enrique Yepes, uno de los estudiosos de este arte pigmeo. El cuento brevísimo es la arena ideal donde se bate la moda de la destrucción de los géneros, hasta el punto de que resulte imposible -e inútil- tratar de definirlo, distinguirlo o envolverlo de legalidad.</p>
<p>Proliferan así estos &#8220;cuentos concentrados al máximo, bellos como teoremas&#8221; -según expresión del argentino David Lagmanovich- que, con su despojamiento, ponen a prueba &#8220;nuestras maneras rutinarias de leer&#8221;. Para diferenciarlos de los aforismos, las frases lapidarias o los miniensayos, deben cumplir los principios básicos de la narratividad, aunque de una forma extravagantemente concentrada. Son, casi siempre, ejercicios de reescritura, o minúsculo laboratorio de experimentación del lenguaje, o ambiciosa pretensión de encerrar en unas líneas una visión trascendente del mundo.</p>
<p>Pero queda una sospecha: ¿no habrá en todo esto un poco de pereza? Con su humor de siempre, Augusto Monterroso parece sembrar la duda cuando escribe: &#8220;Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se  amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto&#8221;.</p>
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