Sergio Fanjul
Fotógrafo, físico, fontanero, astrónomo, bloguero, nadador... todo eso y más, dicen de mí los que me conocen; pero, sobre todo, me gusta disfrutar, viendo crecer a mis niños, de un mundo en orden.
http://www.sergiofanjul.blogspot.com
Enviado el 22 de Agosto por Sergio Fanjul en El baúl
Era finales de agosto. Unas lluvias torrenciales no paraban de caer en la ciudad. Mario no se había ido de vacaciones, acababa de perder su trabajo, y no se lo podía permitir. Cogió el paraguas, se calzó las botas y salió a pasear. Caminar era barato y no le hacía pensar en sus problemas. ¡Cuánto echaba de menos el sol!
Al cruzar la calle se encontró con un escaparate que lucía un cartel tentador. Miró su escuálida cartera, dudó un instante y entró.
_¿Es cierto lo del cartel?- preguntó a la rubia dependienta.
_Sí, sí, los restos del verano están en ese montón.-le respondió sonriente.
Estuvo un tiempo rebuscando hasta que lo encontró. Estaba a buen precio, rebajado al cincuenta por ciento.
La dependienta se acercó.
_¿Se lo va a llevar?- preguntó.
_Sí, gracias. ¿No tienen nada más, verdad?- dijo él.
_No, en estas fechas es lo único que nos queda. ¿Se lo envuelvo?
_No, gracias. Me lo llevaré puesto.
Y así lo hizo, cogió su tres de julio, un día caluroso con nubes y claros, se lo puso y salió de la tienda.
Al cruzar la puerta, el sol le dio en la cara.
Enviado el 18 de Agosto por Sergio Fanjul en El baúl
Desperté sobresaltado y empapado en sudor en aquella habitación de hostal. Era esa hora en la que se unen la noche y la madrugada. Los niños y mi mujer dormían despreocupados, pero yo sentía una presión angustiosa. Aún tenía en mi cabeza la pesadilla claustrofóbica que me había despertado e intentaba quitármela de encima sin conseguirlo.
Me levanté y, sigiloso, arrastré mis pies hacia la puerta. Así el picaporte con la mano e intenté girarlo. Nada, como en mi sueño. Lo intenté varias veces, e incluso me mordí el labio para ser consciente de que me movía en el mundo real. Siguió sin girar. Busqué infructuosamente una percha, una ganzúa con que abrirla, pero sentí un escalofrío al pensar si, tras ella, no encontraría algo que sería mejor no ver. Tal vez, quien la hubiera cerrado sólo quería protegernos; quizás los dueños del hostal.
Mi mente iba a una velocidad inusual.
Me asomé a la ventana intentando ver luz en la casa de enfrente, donde ellos vivían, pero sólo recibí una fría brisa en la cara.
No aguantaba más esa presión, la ansiedad era insoportable. Pensé en tirar la puerta abajo. Dudé entre dar una patada o golpear con el hombro, y busqué el mejor sitio para hacerlo. Recordé a los “duros” de las películas; patada sería lo mejor, junto al pomo. Mi viejo Clint.
Justo en el momento en el que levantaba la pierna y apretaba los dientes para asestar el golpe certero, vi mi mochila de monte. Recordé el sacacorchos de la navaja y la busqué en el bolsillo de siempre.
Allí estaba. Nadie solía llevar botellas con corcho al monte así que estaba más de adorno que de otra cosa. Lo intenté sacar, pero la falta de uso había endurecido el muelle. Probé con ambos pulgares y lentamente se abrió.
No hizo falta insistir mucho. Al segundo intento el pestillo saltó y la puerta cedió. Me asomé y no vi a nadie.
Suspiré aliviado.
Volví a cerrar la puerta con cuidado y regresé a la cama.
_Cariño, ¿qué era ese ruido?- preguntó mi mujer en un duermevela.
_Nada, nada, sigue durmiendo, corazón. Pero si vas al baño, ten cuidado, que el pestillo se cierra solo.
Últimos Comentarios