Letrasenredadas.com

Juan Andrés Muñoz

Allendegui es un periodista navarro que emigró hace más de una década para hacer las Américas, y todavía no las ha terminado.

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El pantalón que no me cabía

Enviado el 18 de Diciembre por Allendegui en El baúl

Hace unas semanas me invitaron como ponente a un Congreso en un pueblo de alta montaña. La noche anterior me puse a hacer la maleta, como siempre, con prisas. Irrumpí en el armario y arranqué una camisa y un pantalón de sus perchas respectivas. Eché todo en la maleta de mano como si fuera una pira, lo embutí como un chorizo y finalmente logré cerrarla. Las cremalleras estaban al borde de su capacidad.

Finalmente logré salir del casa. Hacía mucho frío. El coche no quería arrancar. Lo tuve que convencer a base de empellones y llaverazos. Emprendimos camino. El pueblo estaba realmente perdido. Nadie sabía dónde estaba, ni siquiera los mapas. “¿Quién pudo perder un pueblo?”, cogité.

Llegué de milagro, siguiendo la estrella polar. Lo de pueblo era una exageración. Más bien lo clasificaría como un villorrio de mala muerte, con ocho casas, una tienda de ultramarinos, un motelucho y la iglesia. Pregunté a un lugareño dónde era el famoso Congreso. Me dijo que en la tienda de ultramarinos. Me extrañó sobremanera, pero estaba muy sobre la hora para cambiar de opinión. Me registré en el motelucho y subí a mi habitación. Saqué la invitación para el Congreso. Era un sobre color marfil con letras doradas, todo muy elegante. No encajaba con la aldea en la que estaba. Pero los datos eran los correctos.

Mi conferencia era en cinco horas, así que decidí vestirme de una vez para estar listo. Saqué el pantalón, me lo probé y no me cabía. Era una talla pequeña, de cuando una vez se me ocurrió hacer una dieta. Menudo problema. Tenía que adelgazar en cinco horas si no quería aparecer en mi conferencia con la parte de abajo del chándal que llevaba puesto. Lo primero que se me ocurrió fue salir a hacer un poco de footing. Después de media hora estaba exhausto. Volví al hotel, me duché y me probé el pantalón. Seguía sin caberme. Decidí tomármelo a la ligera, para ver si así lograba perder unos gramos que permitieran enfundarme el dichoso pantalón. Entró algo mejor pero sin llegar a abrochar. Me asomé por la ventana. Estaba desesperado. Reparé entonces en la iglesia y se me ocurrió una idea.

Fui a ver al cura. Estaba rezando la liturgia de las horas.

- Oiga padre, quería pedirle un favor. ¿Podría confesarme?

- Claro que sí, encantado. Vamos al confesionario.

Después de media hora, salí renovado, ligero… ligero… Me había quitado un peso de la conciencia. ¿Sería suficiente para ponerme el pantalón? Salí corriendo, crucé la plaza y subí a trompicones las escaleras del motelucho. Me probé el pantalón. Entró perfectamente. A medida. Me miré en el espejo, sonreí y me fui a dar mi conferencia.


Dos kilos de golosinas o la pesadilla post-Halloween

Enviado el 2 de Noviembre por Allendegui en El baúl

Se terminó Halloween y sólo quedan sus vestigios. En mi caso, o más bien en mi casa, se reducen a una caja llena de golosinas y chucherías que recogió Catita haciendo “trick or treating” por la urbanización. Es una caja inmensa. Me intimida un poco. La palpo y la sopeso. La tanteo y la pondero. Me entra la curiosidad. No resisto la tentación. Saco la báscula y la peso. Dos kilos y 100 gramos de M&Ms, Skittles, Crunchs, Twix…

¡Qué barbaridad! ¿Quién se comerá todo eso ahora? O peor aún. ¿Quién pagaría los dentistas de mis hijas si se comieran todas esas gollerías?

Bueno, ahí es donde entra la creatividad de los dentistas. Resulta que en este país, los dentistas ofrecen recomprar todas esas golosinas de Halloween por un dólar la libra. O sea, que en nuestro caso, serían cuatro dólares que nos pagarían para que en el futuro no tengamos que pasar por sus consultas.

¿Y qué hacen los odontólogos con todos esos dulces que compran? ¿Se los comen para que les salgan caries y así cumplan el refrán de “En casa de herrero cuchillo de palo”? Pues no. Se los envían a los soldados que están en Iraq y Afganistán para hacerles un poco más dulce el “tour de force”, aunque luego les cueste una visita al dentista.

(Publicada originalmente en Allendegui)


Lávese las manos después de ensuciar el idioma

Enviado el 19 de Octubre por Allendegui en Fotones

Fue una parada rápida en Sonic para ir al baño y comprar aros de cebolla, pero dio para mucho. Sobre todo gracias a este cartelito que estaba colgado de una de las paredes del baño. Es un instructivo sobre cómo lavarse las manos, por si acaso alguno todavía no sabe hacerlo. Me quedo con los puntos tres, siete y ocho. Leedlos despacito y luego echaos un “descango”.

Y aprovechando el tema de los neologismos y la ortografía, os comparto este ejemplo que pillé al vuelo el sábado en un rótulo de Informe Semanal. A ver si adivináis cuál es el horror ortográfico.


La lata de Pepsi que salió rana

Enviado el 4 de Septiembre por Allendegui en El baúl

Más bien debería decir la lata de Pepsi de la que salió una rana, porque eso es lo que dice que le pasó un señor de Florida. Afirma que, después de años consumiendo Pepsi, va a dar el salto a Coca-Cola y en botella. ¿Se le habrán contagiado las propiedades de los anfibios?

La mujer del afectado dijo a la prensa:

“Yo había pensado que podría ser un ratón. No pueden decir exactamente cuánto tiempo llevaba el animal allí dentro porque estaba en avanzado estado de descomposición”.

Así que en el fondo están contentos; una ranita es mejor que un ratón. Después de todo, hay muchos que comen ancas de rana sin ningún pudor, pero no conozco a nadie que se deleite con los muslos de un ratoncito.


El mejor humor gráfico: las ventajas del desempleo

Enviado el 1 de Septiembre por Allendegui en Humor gráfico

De Ramón, en el Diario de Navarra:

ramon.ddn

De Mingote, en ABC:

mingote.abc

De El Roto, en El País:

elroto

De Nando, en El Periódico:

nando.periodico

De Caín, en La Razón:

cain.larazon

De Xosé Luis, en La Región:

carrabouxo


¡Qué bien se está multando a la gente!

Enviado el 29 de Agosto por Allendegui en El baúl

El otro día estuvimos desayunando en el centro de Marietta. Cuento este dato, irrelevante por otra parte, porque a mi padre le gusta la palabra Marietta. Marietta, Marietta. A mí también me gusta.

El caso es que al llegar a la plaza y aparcar el coche, reparé en una señal curiosa: 2 horas máximo. Busqué el parquímetro, pero no encontré ninguno. Tampoco había cámaras de vídeo que vigilaran el cumplimiento de las dos horas. ¿Quién contaba el tiempo entonces? ¿Había algún Gran Hermano escondido? ¿O simplemente era una señal intimidatoria para los analfabetos?

Finalmente un local me explicó que había unos vigilantes rondando el lugar con unos dispositivos portátiles. Recorrían la plaza tomando nota de las matrículas y, al cabo de dos horas, volvían para verificar si esos mismos vehículos seguían estacionados y así cascarles la multa. Me pareció un método muy artesanal, pero eficaz a la vez.

Justo antes de irme, divisé a uno de estos policías que, en ese preciso momento, colocaba una multa con singular alegría. Me acerqué y lo saludé afectuosamente.

- How’ya doing? (¿Cómo está?)

La respuesta, muy clara y contundente.

- Fine (multa).

Publicado originalmente en Allendegui.


El mejor humor gráfico: No somos pobres

Enviado el 22 de Agosto por Allendegui en Humor gráfico

Lo mejor del humor gráfico del día:

De Guinzburg y Tabaré, en Clarin:

diogeneyellinyera.clarin

De  Ricardo, en El Mundo:

ricardo.elmundo

De Leonard Beard, en El Periodico:
leonard.beard.elperiodico

De Erlich, en El País:
erlich.elpais

De Matías, en Clarin:

matiastira.clarin


Emoción embargada

Enviado el 20 de Agosto por Allendegui en El baúl

Abrió nerviosamente el periódico, directamente en la página del número ganador de la lotería. Tenía las manos sudadas. En una de ellas el boleto; en la otra el periódico todo arrugado. Casi tiritando, verificó una a una las cifras. Coincidían todas. Todas. Se le aceleró el corazón. Había ganado 17 millones. Pero la emoción empezó a embargarlo, comenzando por su casa, su coche y finalmente el premio que acababa de ganar… hasta quedarse sin nada.


Entrevista con un corrupto

Enviado el 19 de Agosto por Allendegui en Entrevistas

Llevaba meses intentando entrevistar a un corrupto y por fin lo logré. Tuve que darle un pequeño soborno, algo simbólico, una pluma MontBlanc, pero finalmente accedió al interrogatorio:

- ¿Por qué es usted un corrupto?

- Siempre quise ganarme la vida con un oficio decente, pero no encontré ninguno que me gustara y estuviera bien pagado. Así que decidí que la corrupción era el trabajo ideal. Pero oiga, que yo soy un corrupto con principios.

- ¿Con principios? ¿Y cómo es posible?

- Sí, empiezo a robar y no termino nunca.

- Ah, ahora entiendo. ¿Y cuál es el tipo de corrupción que más le gusta, o para el que está más ducho?

- Hombre, me gustan mucho la malversación de fondos públicos y la infidelidad en la custodia de documentos, aunque también hago mis pinitos con el tráfico de influencias… y el cohecho también lo he hecho.

- Y cuando va a solicitar un trabajo, ¿qué es lo que más se valora de todo eso?

- Depende del trabajo. Hay sitios en los que se piden varios años de experiencia en tráfico de influencias, entonces yo disimulo porque no soy un diletante en ese campo. Entonces engaño al empleador, y si no cuela, pues lo soborno. La cosa es tener recursos.

- ¿Qué le recomendaría a los niños que de mayor quieren ser corruptos como usted?

- Pues que si eso es realmente lo que quieren, que se preparen a conciencia, que luchen, que trabajen duro, que se aprendan bien los delitos y que sobre todo practiquen mucho, que esta es una profesión necesita profesionales bien formados y es muy ingrata.

- ¿Por qué ingrata?

- Pues mire, no tiene más que leer los periódicos. Los corruptos somos unos de los profesionales más denostados por los medios de comunicación. Simplemente queremos reivindicar nuestro oficio. La sociedad necesita corruptos.

- Usted lo dice. ¿Un corrupto nace o se hace?

- Yo creo que se hace. Los genes ayudan también. Yo soy tercera generación de corrupto, y con el paso de los años ha ido mejorando la pericia y la destreza para las corruptelas. Mi padre me enseñó todo lo esencial y yo he ido aprendiendo por mi cuenta.

- ¿Cómo le gustaría que le recordaran?

- Por mis fraudes inmobiliarios. Estoy muy orgulloso de ellos.

- Muchas gracias por contestar a nuestras preguntas.

- De nada. ¿Esto lo publicarás en portada, no? (saca un billete de 50 euros) Quizás esto te ayude a jerarquizar.

(Publicada también en Allendegui)


Las postales en la era de los blogs

Enviado el 18 de Agosto por Allendegui en Humor gráfico

Lo mejor del humor gráfico del día:

De Manel Fontdevila, en Público:

manel.fontdevila.publico

Ricardo, en El Mundo:

ricardo.elmundo

Caín, en La Razón:

cain.larazon

Nik, en La Nación:

nik.lanacion

De Mingote, en ABC:

mingote.abc

De Xosé Luis, en La Región:
ocarrabouxo.laregion


La mejor película más mala

Enviado el 17 de Agosto por Allendegui en Críticas

Iba por la calle y vi una fila de personas esperando para comprar su entrada en el cine. De repente, me entraron ganas de ver una película, pero una película mala, de esas que ves y te indignas de lo malas que son. De esas películas que atentan contra los derechos humanos. Hice la cola y cuando llegó mi turno le pregunté a la de la taquilla:

- Oiga, ¿Están pasando alguna película mala?

- Uy, sí señor, la de “Truenos en la torre”, es nefasta.

- ¿Está segura? ¿La ha visto usted?

- Sí, la vi hace una semana y se lo puedo asegurar. Además todas las críticas la ponen a parir.

- Muy bien, entonces será dinero bien invertido. Déme una entrada para la próxima función.

- No le decepcionará señor, verá lo mala que es.

Entré en el cine y fui a comprar unas palomitas para disfrutar aún más de la nefandez de la película. Me puse en la fila siete y esperé con emoción a que empezara. Todos estaban cautivados, arrobados, aguardando impacientes el comienzo.

Empezó la película. La gente a mi alrededor estaba extasiada, disfrutando la maldad de la película. Yo jamás había visto nada peor. Cómo lo estaba disfrutando. Nadie quería levantarse ni siquiera para ir al baño. No se podía perder ni un detalle. Todo era tan malo que era digno de ver.

Al terminar, todos sin excepción nos quedamos a ver los títulos de crédito, llenos de faltas de ortografía y casi ilegibles, con una música espantosa. Qué regalo para el aficionado al mal cine. Al salir, había un señor vestido de uniforme cobrando un suplemento a cada espectador, un impuesto al mal cine que había que pagar religiosamente. Todos pagamos de buen grado, contentos, porque una película tan mala no se ve todos los días.


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