Pedro de Miguel me enseñó a hacer reseñas de libros. Probablemente, el género ¿periodístico? que más satisfacciones me ha proporcionado en mi no siempre satisfactoria carrera. Con mucha diferencia.
Y Peter sigue estando, de alguna manera -constante, inconsciente, mágica…-, en el placer de sentirme “dentro” de un libro, superada la barrera de la pereza, el miedo y los prejuicios (valgan las redundancias)… Y que encima te paguen por ello. No mucho. Peter, por ejemplo, no era rico. Ni falta que le hacía. Sus eternos jerseys lisos no parecían muy caros, y de vez en cuando engañaba a algún capitalista motorizado para que lo llevara a buscar setas.
Sin embargo, un día decidió viajar a una de esas ciudades a las que viajan los ricos de los libros: París. Y me llevó con él. En un alarde de sofisticación, la revista Nuestro Tiempo iba a cubrir las Jornadas Mundiales de la Juventud con Juan Pablo II.
Era el verano de 1997. Peter y yo no éramos ya muy jóvenes. Yo había cumplido los 25 y aún no había iniciado este decrecimiento mío, a lo Benjamin Button, que me ha devuelto a la adolescencia; pero esa es otra (lamentable) historia. Peter tenía el pelo blanco, blanco, blanco. Desde siempre, según la leyenda. Y los alumnos de la Universidad de Navarra que no le habían escuchado aquella risa suya palindrómica –que, efectivamente, te asía para no soltarte ya nunca más- creían que era un señor muy serio.
Pero, pese a los años, ambos teníamos una cuenta pendiente con París. Para mí París también era un mito. Y un reto: tras toda una vida mirando el mapamundi entre suspiros, llegaba el momento de conocer, al fin, uno de las grandes dianas de los alfileres de la Historia, la literatura y (como sabría después) la pamplina. Para Peter suponía algo más. Su generación aprendía francés como la mía (se supone que) inglés. Y los escritores iban a París y traían la cultura. La Cultura. Lo de los niños no estaba documentado, pero la literatura no podía mentir. Que diría Vila-Matas.
No viajamos en avión. La frugalidad presupuestaria de la revista (una noche dormimos en un centro de peregrinos, otra desfallecimos en la explanada de las Jornadas…) me permitió descubrir las ventajas de viajar en tren. Después, el recuerdo de Peter se me colaría en la lectura de una novela de Antonio Orejudo con ese título. Peter compañero de traqueteo y raíles y destino París, en el asiento de al lado, con un libro en las manos. Leía a sorbos. Un rato de concentración; otro rato con el libro cerrado y el rostro pétreo (con perdón) y socrático y etc.
Yo había decidido aprovechar el viaje para, entre otras cosas, absorber toda la sabiduría que manara de mi maestro. Le pregunté si leía así para reflexionar a fondo sobre cada pasaje. “No, es que me canso”. Vaya. O sea, que yo no era el único que se cansaba de la gran literatura. Incluso Peter, el Lector… O sea, que el truco, a lo mejor, es tener paciencia… Y la sonrisa traviesa de Peter, eterno niño grande.
Más tarde, tuve el honor de devolverle la iluminación con un deslumbrante descubrimiento filológico (recuérdese que estábamos expuestos a las irradiaciones de la luminosa Ciudad de la Luz…) En algún momento del viaje, quise aportar mi granito de sofisticación en una de aquellas conversaciones surrealistas tan del gusto de Peter. Supongo que acababa de leer en algún sitio la cultísima palabra “perorata” y había encontrado un resquicio para introducirla. Pero la frase en cuestión no me pedía un sustantivo. Sin mayor problema, conjugué el verbo “perorotar” con toda soltura.
La peculiaridad de Peter convirtió un mero error gramatical en el himno de nuestro viaje a París, plagado de gente que no paraba de perorotar y venga a perorotar. La ciudad, por cierto, devino en la desilusión que, más tarde, aprendí a intuir como inevitable (sólo últimamente, con la reinvención de la adolescencia, intento… pero ésa también es otra historia). Hacía un calor insoportable; Notre Dame parecía más pequeño que en los libros, sin sombra de jorobado; no vimos ni un poeta bebiendo absenta…
Pero hoy recuerdo aquel viaje y se me antoja más valioso que ninguno de los muchos que mi carrera (no siempre satisfactoria) me ha permitido hacer. Y cuando me dispuse a buscar escenas concretas para escribir estas líneas, descubrí en el centro del viaje (de MI viaje) la risa con la que Peter celebró mi peroratoración, que quedaría ya para siempre en uno de los lugares de honor de nuestra complicidad. Celebración. Ésa es (creo) la palabra perfecta para definir la risa de Peter ante mi invención del lenguaje. Como cuando el profesor Barrera le mostraba su último palíndromo o descubríamos alguna errata memorable en las pruebas de Nuestro Tiempo. No era una burla. Imposible enfadarse con Peter, el bochorno pasaba pronto, cuando su risa nos asía (con perdón) y todo (incluso un París decepcionante) era una fiesta. A lo mejor es a eso a lo que se refería Heidegger con lo de “el lenguaje es donde mora el ser”. O no. No sé, no me llega para tanto. A lo mejor estoy perorotando. Tengo que leer algo al respecto (y a otros respectos). Para enterarme y/o reírme un poco.
Ah, y a París, la de verdad, que le sigan dando. Porque a mí siempre me quedará París.







Allendegui
19/8/2009
Pero qué ratos pasásteis con los peroratos.
Ander
19/8/2009
Qué bueno, Ángel. Un saludo.
Juan José García-Noblejas
19/8/2009
O sea, Ángel, que el alarde de sofisticación de NT en París fue algo así como a Dios perorando y con el verbo cálido perorotando.
De todas maneras, veo que Google todavía no se ha enterado, y dice “perorotando – no produjo ningún documento”. A ver si a base de perorotar un poco cada uno, conseguimos que Google reconozca el mérito de esta acción tan conjugable y al tiempo tan declinable. Imagino que a Peter le encantaría, y por lo menos se le levantaría un poco el labio superior por la izquierda, empujando de paso hacia arriba la misma parte de su nariz. Y todo eso, sin perorotar nada.
Allendegui
19/8/2009
Perorotar no aparece, “pero rotar” sí. Hay una causa para llevar a la RAE.
J.
20/8/2009
Espléndido