Mi abuela Pepi lleva setenta años ahorrándose los fuegos artificiales de la Semana Grande.
-Bah -dice-, yo ya vi los que echaron cuando vino el conde Ciano. Y mejor que eso…
Hacia 1940, San Sebastián recibió con tremenda pirotecnia la visita del conde Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de la Italia fascista y yerno de Mussolini.
-Aquello fue terrible- dice mi abuela-. Gastaron una fortuna.
Yo, sin embargo, todos los años cumplo con el rito de asistir al menos una vez al muelle para ver los fuegos. Siempre hablo del conde Ciano a mis amigos, que de un año para otro siempre lo olvidan; siempre cuento el mismo chiste (”¿Qué tal los fuegos? Bah, artificiales”), que de un año para otro mis amigos nunca olvidan; y al final siempre digo, aplastado entre los miles de espectadores que intentan entrar a presión por el arco de Portaletas, que el año que viene no vuelvo.
La mañana siguiente telefoneo a mi abuela, le digo que la víspera la bahía estaba preciosa y que lanzaron unos fuegos impresionantes, y ella siempre me responde…
-…no serían como los del conde Ciano.
Y pienso en algunas ventajas de tener 87 años.
*
Foto: el conde Ciano (en la extrema derecha, valga el pleonasmo) hace cola con unos amigos para pedir un helado de stracciatela en Los Italianos.








David
13/8/2009
La clave está en saber plantarse.
Allendegui
13/8/2009
Ander, hay que inventarse los fuegos orgánicos, naturales, sin aditivos ni conservantes.