“Voy a salir por la ventana porque soy un héroe”. La madre playera, oronda de caña, pescaíto y pareo poco misericordioso, disuade al niño, amenazante colleja en alto. Tampoco es para tanto: la ventana del bar está a un metro escaso de la acera. Pero para acceder a ella hay que incordiar al ¿señor? que lee el periódico y remata el desayuno. Yo. Nada menos. El héroe frustrado sale por la puerta escoltado por la madre, que lleva ese inmenso cartel que le cuelga a todas las madres: sentido común-seguridad.
Bajo la cabeza desde la realidad al periódico. Dos minutos (de reloj, que diría mi colega José Luis, o Perogrullo, que era un señor también, creo) después de la epifanía del niño protohéroe, me salta a los ojos un artículo de Jacinto Antón en El País; “Cómo ser un héroe”. Ya es casualidad. O el destino o algo.
Escribe Antón de un par de manuales de heroicidad. Escrito por anglosajones, claro, que son los que se dedican a esas cosas. El primero, “The anatomy of courage”, es obra de Lord Moran, amigo de Churchill; delicioso y paradójico, complejo, british total: ergo Antón, buena gente, recomienda pasar por encima (o pasearlo por donde convenga) y leer mejor “How to be a hero”, editado en 2008 por un tipo que no es lord y se llama Sam Martin (un autor de nombre monosilábico no puede ser complicado). Sospecho que es de EE.UU..
Al parecer, “How to be a hero” te explica qué ropa llevar o incluso qué posturas poner para convertirte en un héroe. Si pones los brazos en jarras, dice, creas efecto de autoconfianza. Pues Superman los estiraba y era un heroazo de los que ya no quedan, podríamos protestar. Sí, podrían replicarnos, pero si después no vuelas, supongo que pierdes bastantes puntos: las expectativas es lo que tienen. Aunque también podrían decirnos que no fuéramos tan infantiles (ruego no usar la sección de comentarios en ese sentido: tendría que pasarme varias horas con los brazos en jarras para compensar).
Este embrión de contradicción (cuestión que es una rima interna además de una pedantería y cosas peores) podría superarse atendiendo a la sección (on, on) que Sam (my friend: lo siento, con títulos como ése, te mereces mi campechanía) dedica a los modelos de héroe. Pero a Antón, en su artículo, eso sólo le sirve para dejar claro que tiene que descartar a Edmund Hillary (“sufro vértigo”), Neil Armstrong (“mi agorafobia”)… para concluir que su “consuelo” es que reúne todas las características del antihéroe: “Nada excepcional, confuso, débil y confiado, de manera absurda, en la capacidad de redención”.
Pero a mí me da que cuando Antón habla de consuelo a lo mejor quiere decir “orgullo”. Orgullo, más que de perdedor, de hombre sin ambiciones, que no quiere molestar. Me suena a pensamiento débil, perfil bajo, falsa humildad… ¿Miedo? ¿Por qué cualquier compañero de trabajo, amigo, parroquiano de bar, etc, se empeña hasta el disloque en convencernos de que él no va de guay, que no se cree un héroe? Empezando por un servidor. Esto no pasa tanto, al parecer, en EE.UU. Aunque Tom Wolfe, por ejemplo, no lo tenga tan claro. ¿Culto al éxito americano frente a nuestro apedreamiento al que destaca como pre-discriminador del resto? No sé. El caso es: ¿quién se atreve hoy a ser un héroe?
Sin embargo, hubo una época… Y entonces voy y prorrumpo un bonito salto pedante mortal y me acuerdo de que en “Dioses y mitos de la antigua Grecia”, Robert Graves (otro inglés) decía, entre otras cosas, que la filosofía vino a ser el golpe de gracia a la poesía de lo femenino que dominaba al hombre preindoeuropeo, el pobre. Frente a una sociedad amamantada culturalmente por las diosas madres, las tetas reventonas de mitos y de tribu (lo siento cariño, pero en el sorteo ancestral te ha tocado tonto del pueblo, en plan “Amanece que no es poco”), el griego se rebela, rompe el hechizo y se pone prosaico: quiere ser un héroe, como Beckham o como Aquiles, y estoy dispuesto a jugármela para serlo, aunque tenga que recorrerme el mar Egeo (para los barcos de entonces, una globalidad tremenda) y exponerme a los cuernos del Minotauro y al laberinto de su p… Bravos estos griegos.
Y así, en un pis pas, la sociedad moderna, Internet y todo: en otra casualidad cósmica (prometo que es verdad, fruto del lío misterioso de coincidir y enredarse en palabras enredadas: eres un “enrea”, dicen por mi tierra), justo ayer, por cosas de la vida (y del paro), leía en la “Historia de la Ética” de MacIntyre (enésimo inglés, se ve que se aburren, o que también están en el paro) cómo, una vez que los griegos patearon el reto este de ponerme a ser bueno porque (y cómo) me da la gana -ser libres a base de pensar-, ya la cosa no paró de rodar y rodar y rodar.
Qué bien. Pero, y ya (de una vez) concluimos, el niño del bar es un ser humano, el pobre, y, por tanto, un microcosmos (como me oiga la madre…) O sea, que para ser héroe, a mi amiguito le queda todavía todo lo que es el zoroastrismo persa, los exóticos presocráticos (y viva la cacofonía), Aristóteles y Platón (esa pareja), el Cristianismo enterito, el Renacimiento, cuarto y mitad de Ilustración, su poquito de Revolución Industrial…
Animalito: ¿creías que bastaba con leer a Sam cuando fueras mayor? Aunque a lo mejor te lo ahorran: seguro que la posmodernidad, tan analgésica ella, se inventa algo.
O no. Yo qué sé. Qué pereza. Estragado por los abismos de mi profundidad abisal, y tras un discreto y satisfactorio eructito socrático de tostada con aceite y tomate, miro por la ventana. Entra fresquito. Me termino el café. Salgo por la puerta. ¿Qué partido echarán en Gol Televisión, esa asombrosa ambrosía (¿entre ambas rosas iría?) futbolera sin par, cocinada a base de carne de dios tatuado, galáctico y ronáldico. Me relamo. ¿Seré un poco mamoncete?
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