Letrasenredadas.com

¡Qué bien se está multando a la gente!

Enviado el 29 de Agosto por Allendegui en El baúl

El otro día estuvimos desayunando en el centro de Marietta. Cuento este dato, irrelevante por otra parte, porque a mi padre le gusta la palabra Marietta. Marietta, Marietta. A mí también me gusta.

El caso es que al llegar a la plaza y aparcar el coche, reparé en una señal curiosa: 2 horas máximo. Busqué el parquímetro, pero no encontré ninguno. Tampoco había cámaras de vídeo que vigilaran el cumplimiento de las dos horas. ¿Quién contaba el tiempo entonces? ¿Había algún Gran Hermano escondido? ¿O simplemente era una señal intimidatoria para los analfabetos?

Finalmente un local me explicó que había unos vigilantes rondando el lugar con unos dispositivos portátiles. Recorrían la plaza tomando nota de las matrículas y, al cabo de dos horas, volvían para verificar si esos mismos vehículos seguían estacionados y así cascarles la multa. Me pareció un método muy artesanal, pero eficaz a la vez.

Justo antes de irme, divisé a uno de estos policías que, en ese preciso momento, colocaba una multa con singular alegría. Me acerqué y lo saludé afectuosamente.

- How’ya doing? (¿Cómo está?)

La respuesta, muy clara y contundente.

- Fine (multa).

Publicado originalmente en Allendegui.


Mamá, déjame ser un héroe

Enviado el 28 de Agosto por Ángel Peña en El baúl

“Voy a salir por la ventana porque soy un héroe”. La madre playera, oronda de caña, pescaíto y pareo poco misericordioso, disuade al niño, amenazante colleja en alto. Tampoco es para tanto: la ventana del bar está a un metro escaso de la acera. Pero para acceder a ella hay que incordiar al ¿señor? que lee el periódico y remata el desayuno. Yo. Nada menos. El héroe frustrado sale por la puerta escoltado por la madre, que lleva ese inmenso cartel que le cuelga a todas las madres: sentido común-seguridad.
Bajo la cabeza desde la realidad al periódico. Dos minutos (de reloj, que diría mi colega José Luis, o Perogrullo, que era un señor también, creo) después de la epifanía del niño protohéroe, me salta a los ojos un artículo de Jacinto Antón en El País; “Cómo ser un héroe”. Ya es casualidad. O el destino o algo.
Escribe Antón de un par de manuales de heroicidad. Escrito por anglosajones, claro, que son los que se dedican a esas cosas. El primero, “The anatomy of courage”, es obra de Lord Moran, amigo de Churchill; delicioso y paradójico, complejo, british total: ergo Antón, buena gente, recomienda pasar por encima (o pasearlo por donde convenga) y leer mejor “How to be a hero”, editado en 2008 por un tipo que no es lord y se llama Sam Martin (un autor de nombre monosilábico no puede ser complicado). Sospecho que es de EE.UU..
Al parecer, “How to be a hero” te explica qué ropa llevar o incluso qué posturas poner para convertirte en un héroe. Si pones los brazos en jarras, dice, creas efecto de autoconfianza. Pues Superman los estiraba y era un heroazo de los que ya no quedan, podríamos protestar. Sí, podrían replicarnos, pero si después no vuelas, supongo que pierdes bastantes puntos: las expectativas es lo que tienen. Aunque también podrían decirnos que no fuéramos tan infantiles (ruego no usar la sección de comentarios en ese sentido: tendría que pasarme varias horas con los brazos en jarras para compensar).
Este embrión de contradicción (cuestión que es una rima interna además de una pedantería y cosas peores) podría superarse atendiendo a la sección (on, on) que Sam (my friend: lo siento, con títulos como ése, te mereces mi campechanía) dedica a los modelos de héroe. Pero a Antón, en su artículo, eso sólo le sirve para dejar claro que tiene que descartar a Edmund Hillary (“sufro vértigo”), Neil Armstrong (“mi agorafobia”)… para concluir que su “consuelo” es que reúne todas las características del antihéroe: “Nada excepcional, confuso, débil y confiado, de manera absurda, en la capacidad de redención”.
Pero a mí me da que cuando Antón habla de consuelo a lo mejor quiere decir “orgullo”. Orgullo, más que de perdedor, de hombre sin ambiciones, que no quiere molestar. Me suena a pensamiento débil, perfil bajo, falsa humildad… ¿Miedo? ¿Por qué cualquier compañero de trabajo, amigo, parroquiano de bar, etc, se empeña hasta el disloque en convencernos de que él no va de guay, que no se cree un héroe? Empezando por un servidor. Esto no pasa tanto, al parecer, en EE.UU. Aunque Tom Wolfe, por ejemplo, no lo tenga tan claro. ¿Culto al éxito americano frente a nuestro apedreamiento al que destaca como pre-discriminador del resto? No sé. El caso es: ¿quién se atreve hoy a ser un héroe?
Sin embargo, hubo una época… Y entonces voy y prorrumpo un bonito salto pedante mortal y me acuerdo de que en Dioses y mitos de la antigua Grecia, Robert Graves (otro inglés) decía, entre otras cosas, que la filosofía vino a ser el golpe de gracia a la poesía de lo femenino que dominaba al hombre preindoeuropeo, el pobre. Frente a una sociedad amamantada culturalmente por las diosas madres, las tetas reventonas de mitos y de tribu (lo siento cariño, pero en el sorteo ancestral te ha tocado tonto del pueblo, en plan “Amanece que no es poco”), el griego se rebela, rompe el hechizo y se pone prosaico: quiere ser un héroe, como Beckham o como Aquiles, y estoy dispuesto a jugármela para serlo, aunque tenga que recorrerme el mar Egeo (para los barcos de entonces, una globalidad tremenda) y exponerme a los cuernos del Minotauro y al laberinto de su p… Bravos estos griegos.
Y así, en un pis pas, la sociedad moderna, Internet y todo: en otra casualidad cósmica (prometo que es verdad, fruto del lío misterioso de coincidir y enredarse en palabras enredadas: eres un “enrea”, dicen por mi tierra), justo ayer, por cosas de la vida (y del paro), leía en la “Historia de la Ética” de MacIntyre (enésimo inglés, se ve que se aburren, o que también están en el paro) cómo, una vez que los griegos patearon el reto este de ponerme a ser bueno porque (y cómo) me da la gana -ser libres a base de pensar-, ya la cosa no paró de rodar y rodar y rodar.
Qué bien. Pero, y ya (de una vez) concluimos, el niño del bar es un ser humano, el pobre, y, por tanto, un microcosmos (como me oiga la madre…) O sea, que para ser héroe, a mi amiguito le queda todavía todo lo que es el zoroastrismo persa, los exóticos presocráticos (y viva la cacofonía), Aristóteles y Platón (esa pareja), el Cristianismo enterito, el Renacimiento, cuarto y mitad de Ilustración, su poquito de Revolución Industrial…
Animalito: ¿creías que bastaba con leer a Sam cuando fueras mayor? Aunque a lo mejor te lo ahorran: seguro que la posmodernidad, tan analgésica ella, se inventa algo.
O no. Yo qué sé. Qué pereza. Estragado por los abismos de mi profundidad abisal, y tras un discreto y satisfactorio eructito socrático de tostada con aceite y tomate, miro por la ventana. Entra fresquito. Me termino el café. Salgo por la puerta. ¿Qué partido echarán en Gol Televisión, esa asombrosa ambrosía (¿entre ambas rosas iría?) futbolera sin par, cocinada a base de carne de dios tatuado, galáctico y ronáldico. Me relamo. ¿Seré un poco mamoncete?


Traumató-logos

Enviado el 27 de Agosto por eresfea en El baúl

Te duele la rodilla (o el hombro, o el codo, o la espalda, o…). Vas al médico de cabecera que te receta reposo, antiinflamatorios y analgésicos. Al cabo de un mes o dos, vuelves al mismo médico con el mismo dolor pero con el estómago un poco revuelto, acostumbrado ya a la diarrea cotidiana. Entonces el médico te envía al traumatólogo, otro médico, pero de la familia de los -logos. Te receta otros antiinfamatorios y otros analgésicos, o cambia la dosis de los mismos analgésicos. Puede que insista con el reposo o pase a los estiramientos, los masajes o las gomas (para fortalecer la musculatura). Un mes o dos meses después, vuelves más o menos como llegaste y te envía a los rayos X y te hacen caso con otra cara (de pasmo, de ignorancia). En los rayos no se ve nada, o no se sabe ver nada.

Un conocido recomienda otro traumatólogo (buenísimo), generalmente es un servicio privado, hay que pagar por fuera del servicio gratuito de sanidad. Suele vivir fuera de tu ciudad. Viajas. No hay demasiado cambio en tu diagnóstico y en la terapia. Ya los llamas traumato-legos. Haces otras pruebas: homeopatía, higiene postural, acupuntura, plantillas en los zapatos, fajas, natación…

Dos años después sientes cómo el dolor se acentúa como en los peores momentos.

Opciones:

-Vuelves a repetir la tournée (el bucle de los traumatólogos) como un hámster en el molino.

-Te has convertido en un traumatólogo de la vida y te automedicas.

-Escuchas los comentarios de otro veterano en traumatólogos que te medica.

-Sufres, y entonces pasas de los -logos a la familia de los psico-

Publicado originalmente en eresfea.


Lluvia de agosto

Enviado el 22 de Agosto por Sergio Fanjul en El baúl

Era finales de agosto. Unas lluvias torrenciales no paraban de caer en la ciudad. Mario no se había ido de vacaciones, acababa de perder su trabajo, y no se lo podía permitir. Cogió el paraguas, se calzó las botas y salió a pasear. Caminar era barato y no le hacía pensar en sus problemas. ¡Cuánto echaba de menos el sol!

Al cruzar la calle se encontró con un escaparate que lucía un cartel tentador. Miró su escuálida cartera, dudó un instante y entró.

_¿Es cierto lo del cartel?- preguntó a la rubia dependienta.
_Sí, sí, los restos del verano están en ese montón.-le respondió sonriente.

Estuvo un tiempo rebuscando hasta que lo encontró. Estaba a buen precio, rebajado al cincuenta por ciento.

La dependienta se acercó.
_¿Se lo va a llevar?- preguntó.
_Sí, gracias. ¿No tienen nada más, verdad?- dijo él.
_No, en estas fechas es lo único que nos queda. ¿Se lo envuelvo?
_No, gracias. Me lo llevaré puesto.

Y así lo hizo, cogió su tres de julio, un día caluroso con nubes y claros, se lo puso y salió de la tienda.

Al cruzar la puerta, el sol le dio en la cara.


El mejor humor gráfico: No somos pobres

Enviado el 22 de Agosto por Allendegui en Humor gráfico

Lo mejor del humor gráfico del día:

De Guinzburg y Tabaré, en Clarin:

diogeneyellinyera.clarin

De  Ricardo, en El Mundo:

ricardo.elmundo

De Leonard Beard, en El Periodico:
leonard.beard.elperiodico

De Erlich, en El País:
erlich.elpais

De Matías, en Clarin:

matiastira.clarin


El pájaro que se comió el final de una historia

Enviado el 21 de Agosto por admin en Rescates de Peter

Una hora después de haberse levantado (detrás, el sueño abandonado como un cadáver o una herida olvidada) sabía ya que había vuelto aquello. No una intuición ni un presentimiento; tampoco el deseo de que volviera: la evidencia, el verse instalado otra vez frente al papel, con aquel furor antiguo del tiempo de los fenicios, para escribir frenéticamente solo y todo. Aquello: las ansias, las palabras agolpándose en su cabeza luchando por salir, empujándose unas a otras y ordenando primero al brazo y luego a la mano derecha que tomaran la posición correcta para que pudieran plasmarse frases sobre el cuaderno, en el orden requerido, comenzando por el final y remontándose lentamente a los comienzos, como bajando un río del revés o atravesando un mar antípoda.

Las señales fueron éstas: estaba afeitándose sin acertar todavía a verse con claridad en el espejo, los ojos esforzándose por alcanzar el tamaño habitual, la memoria desperezándose y avanzando sobre los minutos del nuevo día como por entre los vegetales enmarañados de una selva dificilísimamente verde. A su espalda, de pronto, cayó al suelo la toalla, produciendo el mismo sonido de un gran pájaro al desplomarse. La primera señal: algo había cambiado: incluso en aquellas circunstancias de inferioridad intelectual captó perfectamente el mensaje del movimiento y de la caída y del espectáculo de aquel sonido que nunca había escuchado. Y antes de que se cumpliera una hora desde que abandonara la cama llegó la segunda: una señal quizá más leve, pero igualmente rotunda: el cigarrillo negro le supo dulce, y ya no tuvo ninguna vacilación. Había que escribir y se iba a decidir a hacerlo. Aquello, tras dos largos meses de desierto y sequedad, se había instalado de nuevo en ese lugar misterioso entre su cerebro y su corazón, un poco a la izquierda.

Antes de comenzar, como un suspiro, recordó los versos de Eliot, ingleses y enigmáticos:

¿Me atrevo?

¿Me atrevo a comerme un melocotón?

y enseguida se vio inundado de mar, de un mar que contempló por primera vez a los dos años, y luego a los tres, y más tarde a los seis. Y escribió:

se había levantado como casi todos los días, sin pensar en nada, absolutamente él, acabado, sin fisuras. Afeitándose, sintió a sus espaldas cómo un gran pájaro negro caía desvanecido, golpeándose contra el suelo, sin esperanza y sin dolor. Después, ya vestido, ya despierto, el primer cigarrillo le supo como un dulce, y no quiso saber más. Eran las señales que había esperado durante meses para adentrarse en el mar. Recorrió con rapidez los doscientos metros que le separaban de la playa, con esa determinación de las mujeres que van a buscar agua a la fuente en medio de un diluvio. Se detuvo al borde del mar, sin mirarlo todavía, sopesando si sus rodillas serían lo suficientemente impermeables ante la inundación que sufrirían. Despacio, dando un primer paso de ballet, se introdujo en el océano. El agua se concentró contra su ombligo y él hizo un esfuerzo para no caer. Al continuar, al desaparecer su cabeza de la superficie, comprendió que ya no podía volver atrás, a por el pájaro negro caído en las baldosas, a por el humo dulce que le había conducido a aquel estado de entusiasmo. Entonces recordó: ¿me atrevo? ¿me atrevo a molestar al universo?

Se atrevió. A desandar lo andado, volviendo a su habitación, para contemplar de cerca la toalla desmayada, totalmente blanca, como un gran pájaro negro hecho de agua salada. Pensó en el final de lo que debía haber escrito, pero ya no le interesó, no le interesaba: aquello había vuelto a huir, había cometido el mismo error de entonces, y tendría que volver a descuartizar el cuaderno, rasgando aquellas páginas de papel pautado. Porque había olvidado lo importante: al escribir, debía desaparecer él mismo por completo, dejando a aquel lugar entre el cerebro y el corazón moverse a su antojo. Y él, sin embargo, se había introducido en el relato como dentro del mar, cortando la respiración, traicionando a la literatura, molestando al horizonte con su pequeño desasosiego. El mar de la escritura no soportaba los barcos y él se había instalado en él a bordo de un portaaviones lleno de voces y de manchas de petróleo.

NOTA: La ilustración es de J. Muchas gracias a Pedro Ugarte por enviarnos este relato de Peter, publicado originalmente en la revista LITERATURA, NÚMERO 11. Editada por La Primitiva Casa Baroja. En San Sebastián, en junio de 1990.


Emoción embargada

Enviado el 20 de Agosto por Allendegui en El baúl

Abrió nerviosamente el periódico, directamente en la página del número ganador de la lotería. Tenía las manos sudadas. En una de ellas el boleto; en la otra el periódico todo arrugado. Casi tiritando, verificó una a una las cifras. Coincidían todas. Todas. Se le aceleró el corazón. Había ganado 17 millones. Pero la emoción empezó a embargarlo, comenzando por su casa, su coche y finalmente el premio que acababa de ganar… hasta quedarse sin nada.


Entrevista con un corrupto

Enviado el 19 de Agosto por Allendegui en Entrevistas

Llevaba meses intentando entrevistar a un corrupto y por fin lo logré. Tuve que darle un pequeño soborno, algo simbólico, una pluma MontBlanc, pero finalmente accedió al interrogatorio:

- ¿Por qué es usted un corrupto?

- Siempre quise ganarme la vida con un oficio decente, pero no encontré ninguno que me gustara y estuviera bien pagado. Así que decidí que la corrupción era el trabajo ideal. Pero oiga, que yo soy un corrupto con principios.

- ¿Con principios? ¿Y cómo es posible?

- Sí, empiezo a robar y no termino nunca.

- Ah, ahora entiendo. ¿Y cuál es el tipo de corrupción que más le gusta, o para el que está más ducho?

- Hombre, me gustan mucho la malversación de fondos públicos y la infidelidad en la custodia de documentos, aunque también hago mis pinitos con el tráfico de influencias… y el cohecho también lo he hecho.

- Y cuando va a solicitar un trabajo, ¿qué es lo que más se valora de todo eso?

- Depende del trabajo. Hay sitios en los que se piden varios años de experiencia en tráfico de influencias, entonces yo disimulo porque no soy un diletante en ese campo. Entonces engaño al empleador, y si no cuela, pues lo soborno. La cosa es tener recursos.

- ¿Qué le recomendaría a los niños que de mayor quieren ser corruptos como usted?

- Pues que si eso es realmente lo que quieren, que se preparen a conciencia, que luchen, que trabajen duro, que se aprendan bien los delitos y que sobre todo practiquen mucho, que esta es una profesión necesita profesionales bien formados y es muy ingrata.

- ¿Por qué ingrata?

- Pues mire, no tiene más que leer los periódicos. Los corruptos somos unos de los profesionales más denostados por los medios de comunicación. Simplemente queremos reivindicar nuestro oficio. La sociedad necesita corruptos.

- Usted lo dice. ¿Un corrupto nace o se hace?

- Yo creo que se hace. Los genes ayudan también. Yo soy tercera generación de corrupto, y con el paso de los años ha ido mejorando la pericia y la destreza para las corruptelas. Mi padre me enseñó todo lo esencial y yo he ido aprendiendo por mi cuenta.

- ¿Cómo le gustaría que le recordaran?

- Por mis fraudes inmobiliarios. Estoy muy orgulloso de ellos.

- Muchas gracias por contestar a nuestras preguntas.

- De nada. ¿Esto lo publicarás en portada, no? (saca un billete de 50 euros) Quizás esto te ayude a jerarquizar.

(Publicada también en Allendegui)


La broma infinita de Peter

Enviado el 19 de Agosto por Ángel Peña en Vivencias

Pedro de Miguel me enseñó a hacer reseñas de libros. Probablemente, el género ¿periodístico? que más satisfacciones me ha proporcionado en mi no siempre satisfactoria carrera. Con mucha diferencia.

Y Peter sigue estando, de alguna manera -constante, inconsciente, mágica…-, en el placer de sentirme “dentro” de un libro, superada la barrera de la pereza, el miedo y los prejuicios (valgan las redundancias)… Y que encima te paguen por ello. No mucho. Peter, por ejemplo, no era rico. Ni falta que le hacía. Sus eternos jerseys lisos no parecían muy caros, y de vez en cuando engañaba a algún capitalista motorizado para que lo llevara a buscar setas.

Sin embargo, un día decidió viajar a una de esas ciudades a las que viajan los ricos de los libros: París. Y me llevó con él. En un alarde de sofisticación, la revista Nuestro Tiempo iba a cubrir las Jornadas Mundiales de la Juventud con Juan Pablo II.

Era el verano de 1997. Peter y yo no éramos ya muy jóvenes. Yo había cumplido los 25 y aún no había iniciado este decrecimiento mío, a lo Benjamin Button, que me ha devuelto a la adolescencia; pero esa es otra (lamentable) historia. Peter tenía el pelo blanco, blanco, blanco. Desde siempre, según la leyenda. Y los alumnos de la Universidad de Navarra que no le habían escuchado aquella risa suya palindrómica –que, efectivamente, te asía para no soltarte ya nunca más- creían que era un señor muy serio.

Pero, pese a los años, ambos teníamos una cuenta pendiente con París. Para mí París también era un mito. Y un reto: tras toda una vida mirando el mapamundi entre suspiros, llegaba el momento de conocer, al fin, uno de las grandes dianas de los alfileres de la Historia, la literatura y (como sabría después) la pamplina. Para Peter suponía algo más. Su generación aprendía francés como la mía (se supone que) inglés. Y los escritores iban a París y traían la cultura. La Cultura. Lo de los niños no estaba documentado, pero la literatura no podía mentir. Que diría Vila-Matas.

No viajamos en avión. La frugalidad presupuestaria de la revista (una noche dormimos en un centro de peregrinos, otra desfallecimos en la explanada de las Jornadas…) me permitió descubrir las ventajas de viajar en tren. Después, el recuerdo de Peter se me colaría en la lectura de una novela de Antonio Orejudo con ese título. Peter compañero de traqueteo y raíles y destino París, en el asiento de al lado, con un libro en las manos. Leía a sorbos. Un rato de concentración; otro rato con el libro cerrado y el rostro pétreo (con perdón) y socrático y etc.

Yo había decidido aprovechar el viaje para, entre otras cosas, absorber toda la sabiduría que manara de mi maestro. Le pregunté si leía así para reflexionar a fondo sobre cada pasaje. “No, es que me canso”. Vaya. O sea, que yo no era el único que se cansaba de la gran literatura. Incluso Peter, el Lector… O sea, que el truco, a lo mejor, es tener paciencia… Y la sonrisa traviesa de Peter, eterno niño grande.
Más tarde, tuve el honor de devolverle la iluminación con un deslumbrante descubrimiento filológico (recuérdese que estábamos expuestos a las irradiaciones de la luminosa Ciudad de la Luz…) En algún momento del viaje, quise aportar mi granito de sofisticación en una de aquellas conversaciones surrealistas tan del gusto de Peter. Supongo que acababa de leer en algún sitio la cultísima palabra “perorata” y había encontrado un resquicio para introducirla. Pero la frase en cuestión no me pedía un sustantivo. Sin mayor problema, conjugué el verbo “perorotar” con toda soltura.

La peculiaridad de Peter convirtió un mero error gramatical en el himno de nuestro viaje a París, plagado de gente que no paraba de perorotar y venga a perorotar. La ciudad, por cierto, devino en la desilusión que, más tarde, aprendí a intuir como inevitable (sólo últimamente, con la reinvención de la adolescencia, intento… pero ésa también es otra historia). Hacía un calor insoportable; Notre Dame parecía más pequeño que en los libros, sin sombra de jorobado; no vimos ni un poeta bebiendo absenta…
Pero hoy recuerdo aquel viaje y se me antoja más valioso que ninguno de los muchos que mi carrera (no siempre satisfactoria) me ha permitido hacer. Y cuando me dispuse a buscar escenas concretas para escribir estas líneas, descubrí en el centro del viaje (de MI viaje) la risa con la que Peter celebró mi peroratoración, que quedaría ya para siempre en uno de los lugares de honor de nuestra complicidad. Celebración. Ésa es (creo) la palabra perfecta para definir la risa de Peter ante mi invención del lenguaje. Como cuando el profesor Barrera le mostraba su último palíndromo o descubríamos alguna errata memorable en las pruebas de Nuestro Tiempo. No era una burla. Imposible enfadarse con Peter, el bochorno pasaba pronto, cuando su risa nos asía (con perdón) y todo (incluso un París decepcionante) era una fiesta. A lo mejor es a eso a lo que se refería Heidegger con lo de “el lenguaje es donde mora el ser”. O no. No sé, no me llega para tanto. A lo mejor estoy perorotando. Tengo que leer algo al respecto (y a otros respectos). Para enterarme y/o reírme un poco.

Ah, y a París, la de verdad, que le sigan dando. Porque a mí siempre me quedará París.


La puerta

Enviado el 18 de Agosto por Sergio Fanjul en El baúl

Desperté sobresaltado y empapado en sudor en aquella habitación de hostal. Era esa hora en la que se unen la noche y la madrugada. Los niños y mi mujer dormían despreocupados, pero yo sentía una presión angustiosa. Aún tenía en mi cabeza la pesadilla claustrofóbica que me había despertado e intentaba quitármela de encima sin conseguirlo.
Me levanté y, sigiloso, arrastré mis pies hacia la puerta. Así el picaporte con la mano e intenté girarlo. Nada, como en mi sueño. Lo intenté varias veces, e incluso me mordí el labio para ser consciente de que me movía en el mundo real. Siguió sin girar. Busqué infructuosamente una percha, una ganzúa con que abrirla, pero sentí un escalofrío al pensar si, tras ella, no encontraría algo que sería mejor no ver. Tal vez, quien la hubiera cerrado sólo quería protegernos; quizás los dueños del hostal.
Mi mente iba a una velocidad inusual.
Me asomé a la ventana intentando ver luz en la casa de enfrente, donde ellos vivían, pero sólo recibí una fría brisa en la cara.
No aguantaba más esa presión, la ansiedad era insoportable. Pensé en tirar la puerta abajo. Dudé entre dar una patada o golpear con el hombro, y busqué el mejor sitio para hacerlo. Recordé a los “duros” de las películas; patada sería lo mejor, junto al pomo. Mi viejo Clint.
Justo en el momento en el que levantaba la pierna y apretaba los dientes para asestar el golpe certero, vi mi mochila de monte. Recordé el sacacorchos de la navaja y la busqué en el bolsillo de siempre.
Allí estaba. Nadie solía llevar botellas con corcho al monte así que estaba más de adorno que de otra cosa. Lo intenté sacar, pero la falta de uso había endurecido el muelle. Probé con ambos pulgares y lentamente se abrió.
No hizo falta insistir mucho. Al segundo intento el pestillo saltó y la puerta cedió. Me asomé y no vi a nadie.
Suspiré aliviado.
Volví a cerrar la puerta con cuidado y regresé a la cama.
_Cariño, ¿qué era ese ruido?- preguntó mi mujer en un duermevela.
_Nada, nada, sigue durmiendo, corazón. Pero si vas al baño, ten cuidado, que el pestillo se cierra solo.


Reconstrucción española: del 68 a hoy

Enviado el 18 de Agosto por eresfea en El baúl

Decidme, por favor, si el orden cronológico es el correcto. Insertad nuevos conceptos (más allá del diccionario de la RAE).
El guateque, los grises, destape, UHF, El hombre y la Tierra, motoreta, pero de qué vas, tocho, pillar, casete, una chorrada, chupa, chungo, colza, macarra, movida, permanente, depre, pijo, porro, maderos, manguis, camello, chachi, paso de todo, tronco, hortera, ¿y tu padre qué tal mea?, enrollarse, Verano Azul, pizza, INSERSO, echar la pela, empanao, muerdo, ganso, la basca, sobar, las chorbas, compostaje, lo flipas, guay, cambio climático, colesterol bueno y malo, ciudadanos y ciudadanas, subsahariano, móvil, subidón, bajón, mogollón, contracturado, trikini, finstro, litrona, tortilla deconstruida, giga, tatoo, rallar, hacer litros, bótox, agregar, uesebé, mítico (por típico), viejuno, es muy obama.


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