“¡Qué bueno el pan!, ¿lo harán ellos?”, acababa de preguntarse la persona que comía a mi izquierda. Engullí un trozo, a ver qué tal. Hagggbía un pelo. Agggsco. Lo saqué, creo que con disimulo, pues nadie dijo nada. Yo tampoco, porque habría amargado la celebración a más de una persona. Era muy largo y negro y estaba enroscado dentro de la miga. Ninguno de nosotros tiene pelos tan largos (ya me gustaría, sí). Seguí comiendo pero no he vuelto a hincar el diente en un trozo de pan.
Me dicen que si hago deporte, que si me he puesto a dieta.







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